Bajo la pérgola de un acogedor café en la fronteriza Nogales, Sonora, un ciudadano mexicano y una periodista estadounidense compartían un guacamole. De pronto, un viejo colega los interrumpió con una palmada en la espalda. La última vez que coincidieron, el debate giró en torno al periodismo como motor de cambio social; esta vez, tras el ritual del reencuentro, el recién llegado soltó sin preámbulos:
—Al «Mencho» lo mataron en el avión para que no soltara la sopa sobre sus nexos con el hijo de AMLO y los funcionarios corruptos de Morena.
—¿En verdad sería así? —cuestionó ella.
El periodista fronterizo insistió con vehemencia: al gobierno no le convenía que el capo hablara. El ciudadano, manteniendo la compostura pero irritado por tan simplista aseveración, intervino: —¿Qué información podría tener él que el «Chapo» o el «Mayo» no hayan revelado ya? ¿Por qué crees que el líder de ese grupo criminal es el único con el poder de hacer caer al gobierno? Mira —continuó—, si tú aseguras que lo mataron en el avión, yo puedo asegurar que los ovnis te abdujeron el pensamiento crítico.
Ofendido, el periodista replicó: —Te molesta que hoy existan medios libres, como Televisa o Loret de Mola, que señalan la verdad.
Ante el desplante, la periodista y el ciudadano intercambiaron una mirada rápida. En un silencio consensuado, cada uno tomó un totopo y volvió a concentrarse en el suculento aguacate.
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